¡Y por fin la niebla llegó a la capital lombarda! (Y no, el plato típico no es esta planta familia del repollo). Hoy he podido comprobar con mis propios ojos y sentir en mis carnes que, efectivamente, la niebla aquí es la prota durante el período otoño-invernal. Si en algún momento os da por pensar (cosa que no creo) que en vuestra ciudad casi nunca hay niebla, está claro, se la ha quedado toda Milán. Pero esto no es impedimento para que todo, absolutamente todo, circule con normalidad. Que quiero coger el autobús, no hay ningún problema. Que, en cambio, quiero ir en tranvía o en filobus, perfecto; en coche, genial; no, espera, que mejor cojo el metro y me voy al Duomo... Y ya puede caer el diluvio universal o atormentante una bandada de palomas a lo Hitchcock que las escaleras que soportan la grandiosidad de la catedral estarán siempre ocupadas. Es increíble el poder de atracción que tiene la Piazza Duomo para todos: milaneses, latinos, indios, africanos, japoneses con sus monstruosas cámaras pendientes del cuello atentos a cualquier mínimo detalle para fotografiar...Y si para completar entras dentro de la catedral habrás completado con éxito la típica tarde de estos visitante satisfechos por ver la estrella de la ciudad (si supieran todo lo que hay que ver...Lo que agradezco poder quedarme aquí unos cuantos mesecitos para disfrutar de toda la ciudad pianino, pianino).
Milán es señorial, cosmopolita, independiente, individualista, chic... y parece mentira que siendo así a las 7 de la tarde esté todo cerrado. Eso sí, mi cama seguirá temblando cada vez que pase el tranvía a cualquier hora de la noche.
Todavía estoy en la fase "ambientación" a mi nueva vida de recién licenciada en una ciudad diferente a la mía y vaya si se nota el cambio (mi cuerpo es el que mejor os puede contar). Así que, sin más ni menos, me voy a hacer lo que a estas horas haría en Madrid: cenar, que dentro de nada hay que acostarse.
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